El atún lleva 44.000 años en nuestra dieta, pero su pesca se disparó en los últimos dos siglos
Una investigación publicada en PNAS reconstruyó la historia de su captura y encontró un cambio decisivo con la industrialización. Las capturas declaradas se multiplicaron por unas 15 desde la década de 1950 hasta 2024.
El atún forma parte de la alimentación humana desde hace unos 44.000 años, pero la presión sobre sus poblaciones cambió de escala mucho más recientemente. Un estudio publicado en la revista PNAS concluye que la explotación comercial intensiva en mar abierto se expandió principalmente durante los últimos 200 años, cuando la tecnología permitió pescar de forma regular y masiva lejos de la costa.
La investigación también recoge una señal alentadora: algunas poblaciones se estabilizaron o mejoraron donde se aplicaron límites de captura y medidas de recuperación. Sin embargo, los resultados son desiguales y muchos siguen por debajo de su abundancia histórica. La recuperación es posible, aunque no significa necesariamente volver a las condiciones anteriores a la pesca industrial.
De la costa a la explotación del océano
El equipo encabezado por Torben Rick, del Smithsonian, y Emma A. Elliott Smith, también vinculada a la Universidad de Nuevo México, reunió evidencia arqueológica, histórica y pesquera de 11 regiones de cuatro grandes cuencas oceánicas. Además del atún, estudió peces de pico, como marlines y peces espada, para comprender cuándo sus capturas se convirtieron en una extracción sostenida.
El principal resultado marca una diferencia entre pescar animales oceánicos y mantener una actividad habitual en mar abierto. Durante milenios, muchas comunidades capturaron atunes donde los canales profundos, los cañones submarinos o las migraciones estacionales acercaban estos peces al litoral. La industria moderna permitió superar esas limitaciones y acceder regularmente a poblaciones alejadas de tierra.
La velocidad de ese cambio se refleja en los registros: las capturas declaradas de atún aumentaron aproximadamente 15 veces entre la década de 1950 y 2024. El salto muestra hasta qué punto la tecnología amplió la capacidad humana para extraer recursos de los ecosistemas oceánicos.
Lo que cuentan los restos más antiguos
La evidencia más antigua procede de Timor Oriental. En el refugio de Asitau Kuru, también conocido como Jerimalai, se encontraron restos de atunes de unos 44.000 años. En esa región, las aguas profundas están cerca de la costa, lo que habría facilitado el acceso de los pescadores a estas especies sin exigir largas expediciones oceánicas.
Los hallazgos también muestran que las comunidades antiguas desarrollaron técnicas especializadas. En la costa noroccidental de América del Norte, los relatos etnográficos describen pescadores que capturaban atunes de noche en fiordos, con ayuda de vigías en tierra, fuego en las embarcaciones y arpones. Su actividad dependía tanto del conocimiento del entorno como de las herramientas disponibles.
Aunque las capturas preindustriales fueron generalmente más limitadas y costeras, hubo excepciones. En el Mediterráneo se desarrolló una pesca comercial organizada mucho antes de la industrialización. Por eso, los autores no presentan el pasado como una etapa uniforme ni sostienen que toda pesca antigua fuera sostenible.
Una historia que ayuda a medir el presente
El aporte del estudio es ampliar la mirada más allá de las estadísticas modernas, recopiladas principalmente desde mediados del siglo XX. Los restos arqueológicos y los documentos históricos permiten reconocer que la explotación intensiva del océano abierto ocupa un período muy breve dentro de una relación de miles de años.
Ese contraste también importa para la conservación: las poblaciones actuales no deben tomarse automáticamente como referencia de la abundancia original. Los avances registrados donde se controlaron las capturas muestran que la gestión puede reducir el deterioro, pero también que recuperar poblaciones exige distinguir entre una mejora reciente y la pérdida acumulada durante generaciones.







