El cambio climático está intensificando El Niño, revela un archivo de 1.000 años escondido en corales de Galápagos

Un estudio publicado en la revista Science ofrece la evidencia más sólida hasta ahora de que el cambio climático está haciendo más extremo el ciclo climático que cada pocos años desata inundaciones, sequías y pérdidas económicas multimillonarias en todo el planeta.

Las islas Galápagos ya cambiaron para siempre la forma en que entendemos la vida en la Tierra, cuando Charles Darwin encontró allí las claves de la evolución. Ahora, ese mismo archipiélago vuelve a ofrecer respuestas a otra gran pregunta científica: si el calentamiento global está transformando El Niño, el fenómeno climático del Pacífico responsable de algunos de los desastres meteorológicos más costosos del mundo.

Un enigma que los modelos no lograban resolver

Durante décadas, la comunidad científica ha intentado determinar si El Niño se está intensificando por acciones humanas, sin llegar a una conclusión firme. Los modelos climáticos, la principal herramienta para proyectar el futuro del fenómeno, han arrojado resultados contradictorios. El problema de fondo es técnico: estos modelos tienen serias dificultades para reproducir con exactitud la delicada danza entre vientos, corrientes oceánicas y temperaturas superficiales del mar que da origen a El Niño, y los errores que arrastran tienden a amplificarse dentro de sus propias simulaciones.

A esa limitación se suma otra: los registros históricos disponibles son demasiado cortos. Las observaciones satelitales del Pacífico – esenciales para seguir la evolución del fenómeno- apenas se remontan a la década de 1980, y los registros directos de El Niño cubren poco más de un siglo. Es un lapso insuficiente para separar una tendencia real de calentamiento de las grandes oscilaciones que El Niño produce de forma natural.

Lo que revelan los corales

Ante ese callejón sin salida, un equipo liderado por la paleoclimatóloga Julia Cole, de la Universidad de Michigan, recurrió a un archivo natural mucho más antiguo: los corales de Galápagos, un punto donde la huella de El Niño es particularmente intensa.

Los investigadores extrajeron núcleos de coral, en la costa y bajo el agua, y en el laboratorio analizaron dos señales químicas atrapadas capa por capa en su esqueleto de carbonato de calcio: la cantidad de estroncio y la proporción entre dos formas de oxígeno (O18 y O16). Ambas varían según la temperatura del agua y las lluvias asociadas a El Niño, lo que permitió reconstruir con precisión las oscilaciones térmicas del fenómeno a lo largo de 1.000 años.

El resultado, publicado en Science, es contundente: la intensidad de esas oscilaciones ha aumentado un 36% en las últimas cuatro décadas, muy por encima de cualquier variación registrada en los siglos anteriores. Para los autores, esa magnitud no puede explicarse por la variabilidad natural del sistema climático, y coincide justamente con el periodo de calentamiento acelerado posterior a la industrialización.

“Eso es lo que ha cambiado durante ese período”, explica Cole. “Así que, si alguien cuestiona esta conclusión, me gustaría saber cuál sería la explicación alternativa.”

Una señal que se repite

El hallazgo no llega solo. Coincide con un estudio anterior, publicado en 2019 por la climatóloga Kim Cobb, de la Universidad Brown, que había encontrado un aumento del 25% en la variabilidad de El Niño a partir de corales fósiles de Kiritimati, en el Pacífico central. La señal en Galápagos resultó aún más marcada, coherente con el hecho de que allí los efectos del fenómeno son especialmente extremos.

Según Agus Santoso, científico del clima del Programa Mundial de Investigación del Clima, los modelos climáticos de última generación – que servirán de base para el próximo informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), previsto para 2029- también empiezan a coincidir en que El Niño se volverá más intenso y frecuente a medida que la Tierra siga calentándose.

“El hecho de que tres análisis independientes – modelos climáticos, registros paleoclimáticos y observaciones modernas – estén proporcionando los mismos resultados es alentador”, señala Santoso.

Por qué esto importa ahora

El Niño se produce cada dos a siete años, cuando el debilitamiento de los vientos alisios permite que las aguas cálidas del Pacífico occidental migren hacia el este y se acumulen frente a Galápagos. A través de conexiones atmosféricas de largo alcance, sus efectos se sienten en medio mundo: puede provocar inundaciones en Sudamérica y sequías devastadoras en regiones de África, además de pérdidas económicas que se cuentan en billones de dólares.

Cole recuerda haber visto de primera mano esa devastación cuando visitó Galápagos por primera vez en 1989 y fue testigo del daño que el intenso El Niño de 1982-1983 había causado en los arrecifes de coral de las islas.

Con pronosticadores advirtiendo que el evento de este año podría convertirse en el más fuerte en casi un siglo, entender si el cambio climático está detrás de esta intensificación ha dejado de ser una curiosidad académica para volverse una urgencia práctica.

“Este sistema es la mayor fuente de fenómenos climáticos extremos de nuestro planeta”, afirma Cobb. “Y si en sí mismo se está volviendo más extremo, eso tiene implicaciones muy serias para la sociedad, y es información sobre la que deberíamos estar actuando.”

El propio informe del IPCC de 2023 evitó pronunciarse sobre cómo el calentamiento global afecta a El Niño. Pero Cobb, quien participó en su elaboración, cree que el próximo documento, en 2029, tendrá un mensaje más claro: “Nos estamos acercando a afirmar que el cambio climático ya ha tenido un impacto considerable en la intensidad de El Niño.”

 

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